«Tiene que haber un equilibrio»
Tras la quimioterapia y la radioterapia, Deb comenzó a tomar abemaciclib (Verzenio), una terapia oral que ayuda a reducir el riesgo de recurrencia en casos de cáncer de mama con receptores hormonales positivos.
Al principio, se sentía optimista. Investigó el medicamento, se unió a grupos de apoyo en línea y se preparó para los posibles efectos secundarios.
«Realmente quería dar todo lo mejor de mi parte, porque sabía que era un medicamento excelente», dice. Pero, poco después de comenzar el tratamiento, Deb se enfermó gravemente. «Fue algo más que simples problemas gastrointestinales», dice. «Vomitaba sin parar; no podía salir del baño».
Aun así, intentó aguantar. Deb, como muchas personas, temía que pedir un ajuste de dosis significara fallar o “rendirse”. Cuando su oncólogo redujo la dosis, ella esperaba que eso fuera suficiente.
Pero los síntomas continuaron.
El día del cumpleaños de su hija de 12 años, Deb terminó en la sala de urgencias por vómitos incesantes y deshidratación. «Recuerdo haber pensado: “Ya no puedo seguir tomando esta medicina”», dice.
Dejarlo no fue una decisión impulsiva. Deb intentó varios ajustes de dosis y mantuvo comunicación con su equipo médico antes de decidir que los efectos secundarios eran insoportable.
«Tiene que haber un equilibrio», afirma ella. «No puedes permitir que el tratamiento se apodere completamente de tu vida».
Ella lo sabe bien. El impacto afectó su vida personal. Durante este tiempo, su matrimonio también llegó a su fin; otra pérdida en una etapa ya muy difícil.
Más adelante, su equipo médico la cambió a otros medicamentos — incluyendo terapia hormonal e inyecciones de Lupron — mientras continuaban monitoreando ambos cánceres.
«De ninguna manera habría podido seguir estando tan enferma», dice.
Hoy, Deb todavía vive con cansancio y efectos secundarios, pero se siente mucho mejor que durante ese periodo.